lunes, 20 de mayo de 2013

MUJERES EN EL PLANETA


 

 

Aquel día me costó levantarme. Como todos los días, hice varios estiramientos con la intención de poner mi cuerpo en un movimiento natural que ya suponía un esfuerzo sobrenatural. Al contrario del resto de los días, en los que me gusta oír el silencio mientras tomo el café, el jueves quise ver si habían programado alguna película interesante y decidí encender la televisión. Una serie de anuncios, uno detrás de otro, empezó a mostrarme a esos modelos de perfección propios de la publicidad y que, algunas personas, en momentos de escasa lucidez mental, pueden considerar modelos a seguir.
No sólo son radiantes esas mujeres jóvenes que me dirigen una perfecta sonrisa,  van apareciendo más, otras mujeres maduras en pantalla, pero también rutilantes, y cuando cambio de canal, aparece un rostro femenino perfecto en un cuerpo divino que ha ganado un concurso de belleza.
Ah, la belleza… ¡Qué poco merecida es y cuánto valor tiene!
Realmente no podremos ser más jóvenes con esa crema milagrosa que nos promete una piedra filosofal que, para nada, existirá: ni la vida eterna ni la eterna juventud.
Ya he cumplido años como para saber que lo que somos hay que descubrirlo porque, a cierta edad, ya no hay belleza exterior de acuerdo con los cánones de los anuncios.
¿Alguna vez alguien ha creído que las personas somos solo lo que se ve de nosotras? Al menos mi buen amigo JL sí. “Esa bella imagen que seduce con dulzura mientras esconde tímidamente el rostro, girándolo hacia la izquierda y sonríe sin querer ser vista, alejándose lentamente con su larga melena y su esbelto cuerpo…” Estoy copiando a JL el día en el que me describió a la mujer de su vida.
He sentido desde muy joven la necesidad de la belleza, siempre ha estado presente, no sólo en la publicidad sino en los comentarios. Creí que, a cierta edad, las mujeres, sobre todo, se desharían de esa losa que implica forzarse a ser bellas. Pero ahora es casi peor. Hay presentadoras en televisión que nos dicen a las demás lo mucho que les gusta que nos cuidemos, jamás he oído algo similar respecto a nuestros cerebros, imagínense “cuánto me agrada saber que nos perfeccionamos por dentro”. Seguro que alguien preguntaría sin ironía, ¿Qué es eso?
La vida se alarga, las relaciones de pareja son varias, repetimos los intentos. Hay más oportunidades. Hay que seguir seduciendo a los demás, es como venderse a uno mismo. Realmente, ahora hay casi una necesidad de ser bella hasta los ochenta. ¡Qué horror! Basta con ver la realidad para conformarse con llegar a esa edad respirando de forma independiente.
Decido dejar estas cosas mías, me refiero a este paseo de pensamientos que me suele acosar cada mañana y, finalmente, cierro la puerta de casa  para irme a trabajar.
 
Mientras espero en el autobús recuerdo a JL. “Chillaba, gritaba como una loca, su cara se enrojecía, nunca la había visto tan fea, con muecas retorcidas, supe que no la soportaba”. Copio lo que dijo JL el día en el que me describió a quien creía era la mujer de su vida imponiéndole algo que había olvidado.
Llega el autobús y, cuando me subo, me alegro de lograr un asiento vacío en el que me acurruco. Empiezo a mirar la cara de todos los que van en él y pienso, vaya, pues sí que somos feos. Me refiero a todos nosotros, los hombres y las mujeres que vamos en el mismo autobús.
Nuestra estética está bastante alejada de los anuncios televisivos. Hay pocos hombres bien vestidos, más bien adolescentes con esas playeras de un color fosforito inspiradas en las de los futbolistas, los auriculares se introducen en sus orejas o las tapan pero la música suena más allá de sus oídos. Así me doy cuenta de la existencia de esas mujeres reales que están a mi lado, no aspiran a ser modelos de delgadez con la piel eternamente tersa, son jovencitas que van repasando en el autobús el contenido del examen al que se someten justo unas horas después,  algunas ancianas madrugadoras que se han pintado los labios y se recogen en un buen abrigo con unos botines planos que les permitirá caminar hacia el ambulatorio en busca de alguna receta necesaria, la madre que lleva a los niños al colegio,  la niña de rasgos indígenas, de otras tierras, que se agarra a la barra, sola, porque sus padres han tenido que salir pronto a trabajar y ya está acostumbrada a ir al colegio sin más custodia que ella misma, señoras de mediana edad que, ahora, pasean con seguridad su exceso de altura, o de caderas, después de un ataque ansioso a la nevera y, entre todas ellas, también está la preciosa rubia cuya melena cae en contraste con su vestido negro  y a quien han contratado en el bar de debajo de mi casa  para poner copas con cierto estilo, pero ahora no parece tan guapa, se la ve cansada y menos alta por la ausencia de tacones.
Parece que la vida sigue igual y el mundo televisivo se me antoja como un paisaje en el que no pretendemos pasear.  ¡Hay mujeres en el planeta! Y están todas en el autobús.
Abimis 2

domingo, 19 de mayo de 2013

EL FINAL


 
Los arreboles en el horizonte y el canto de los pájaros anuncian la llegada de una mañana más, o como en las mil y una noches un cuento más, un momento más.
¿Cómo detener los recuerdos que se agolpan en el correr de la pluma sobre el papel?.
Momentos felices o no, siempre nos damos cuenta de cómo fueron después que han pasado, quedando solo el recuerdo de haber grabado en la memoria las sensaciones vividas.
Experiencias, ¿Cuáles? ¿Para qué sirven? Si en iguales circunstancias jamás actuaremos de la misma manera, quizás porque somos humanos, ¿O acaso duele menos o más la muerte de hoy que la de ayer pese a que ya la habíamos vivido?
Me había puesto por un breve lapso de tiempo como el actor que sube a escena a representar la vida de otro, su personaje, y logré  ponerme la piel de otros que me fue prestada por “ momentos” pero, a partir de ahora, debo ser el autor de mi propio cuento y te dejo mis últimas palabras...
Si comienzas a vivir, escucha y aprende de lo que ves a tu alrededor.
Si estás caminando tu vida, comprende que solo estás recorriendo tus “momentos”.
A mí me llegó la hora de descansar, y esperar con esperanza que llegue mi “momento” porque siempre, pese a las espinas, las rosas seguirán perfumando, y la luz de la mañana siempre alejará las tinieblas de la noche haciendo huir la oscuridad y, si me he destrozado en el camino de mi vida, sé que algún día alguien llegará para recoger mis pedazos.
 
Víctor Iglesias Gois
Septiembre de 2000

martes, 14 de mayo de 2013

¿ES COSA TUYA?


 

Hay  veces que la vida parece demasiado larga, te agota, es preciso dormir para seguir con ella y, en ocasiones, te da un respiro, una fiesta en mitad de la semana, como mañana, la fiesta del patrón de Madrid a quien se festeja y a quien agradezco este descanso.
Supongo que si alguien me escuchara, me refiero a una de esas personas que diserta sobre la competitividad, me pondría como ejemplo a los alemanes y demás habitantes de países considerados más productivos. Nunca he sabido como elaboraban, realmente, estos estudios. ¿Calcularán el número de tornillos que un obrero alemán/español ajusta en una rueda en “x” horas?  Claro que yo conozco bastante bien Europa y he dejado de pensar del mismo modo que quienes sostienen esta tesis.
Volviendo a mi cansancio, necesitaba acostarme un rato, en silencio, la ventana entreabierta y las cortinas corridas hacia los extremos para permitir el paso del aire a una habitación que, a su vez, limita con una terraza cerrada por ventanales que debo abrir para respirar lo que me parece, en un acto de fe, aire puro a la altura de un séptimo piso.
Los meteorólogos han pronosticado una bajada repentina y brusca de temperaturas, tormentas, pero a mí me ha llegado sólo una brisa, supongo que es lo que queda cuando dos ventanas suponen un obstáculo al viento verdadero. Entraba lentamente ventilando de forma suave la habitación, rozaba apenas el dobladillo de la cortina, era lo suficientemente refrescante como para cubrirme con el edredón y he logrado dormir sin pensar. Hoy no ha habido sueños hasta que la brisa se ha enfurecido algo y me ha despertado. Adormecida, he mirado hacia la ventana y una luz ocre potente se ha filtrado por la persiana entreabierta, pensé que me había dejado la luz del balcón encendida pero he dedicado unos minutos a desperezarme.
Cuando estaba debidamente despierta, he ido al salón para entrar en la terraza y apagar la luz que, en realidad, no me había dejado encendida. El cielo parecía romperse en azules y grises y entre ellos una luz amarillenta  se arrojaba al vacío como si tuviera intención de alumbrarnos. Vaya, pensé, después de todo, es hermoso. Cuando vine a esta casa con mi marido, el techo de un edificio  bajo, que estaba justo en frente del nuestro, tenía algunos objetos inservibles. Entonces comenté que era una lástima que tales objetos entorpecieran una amplia y bonita vista desde nuestra ventana y él me dijo que enseguida crecerían los árboles que ocultarían la fealdad.
Hoy, justo debajo del cielo, yo veía los árboles que habían crecido y que, como pronosticó mi marido, han permitido que mi vista fuera preciosa.
-¿Es cosa tuya?- He preguntado.
Los que hemos perdido a un ser amado le vemos en todo lo que nos sucede. Esta mañana casi me atropella un coche dando marcha atrás mientras yo atravesaba por donde no debía y unos segundos han bastado para evitar un problema mayor. ¿Es cosa tuya?
He preguntado lo mismo dos veces más durante el día. Supongo que es una protección que me creo, o tal vez, es una protección real. Da igual. Lo cierto es que todos los días hago la misma pregunta, quizá, después de todo lo que he leído, sus impulsos eléctricos, su energía,   se conservaron de otra forma que no veo y su consciencia, su yo, salva cada día a mi yo, del mimo modo que lo hacía antes.
Estaba absorta meditando sobre esto mientras contemplaba la luz, de origen divino, o quizá, sólo natural, cuando la alarma del móvil ha sonado repetidamente y ha quebrado la magia recordándome que el descanso había finalizado, que debía prepararme para acudir a una reunión de trabajo inesperada y tardía pero necesaria.
¿Es cosa tuya? He vuelto a preguntar.
  Abimis 2

lunes, 13 de mayo de 2013

TIENES CINCO MIL AMIGOS






He renunciado a tener amigos virtuales. En realidad tengo algunos cuyo nombre ni siquiera sé o recuerdo. Se debe a la cortesía de decir sí a quien amablemente solicita la amistad virtual de uno. En todo caso, este es un mundo que ignoro y en el que aparezco como un fantasma que se asoma, primero con la intención de mantener vivo el blog de Víctor, luego, al ver que no lo lograba, por un curioso interés de escribir un diario íntimo pero público.
Lo público e íntimo se contradicen, si bien, internet tiene para mí, especialmente en lo que se refiere a blogs, esas dos y contradictorias características.
Juego con la ventaja de saber que este mundo es como una habitación tan llena de papeles que si abrieras la puerta, se desbordarían. De esa forma, nunca podrás encontrar un papel que pasa desapercibido, salvo que a uno le interese tantísimo que se dedique días y días a comprobar cada papel.  Y eso, creo, solo ocurre en casos muy concretos de los que no hablo.
Me refiero a todos nosotros, a la multitud de personas que escribimos sólo por el placer de hacerlo sin que nos preocupe tanto si  disponemos de una red social- virtual- que nos halague. Como todos, tengo mi vanidad, pero no precisamente en esta etapa de mi vida en la que una situación concreta le pone a una los pies en el suelo de una sacudida.
Pisar terreno es lo que me hace sonreír cuando recibimos alguna solicitud de amistad y, al confirmarla, aparece en la pantalla que el solicitante no puede tener más amigos porque ha llegado al número máximo: Cinco mil. O más de cinco mil.
Entiendo que fueran cinco mil clientes o cinco mil votantes. Eso significaría que alguien ha sabido hacer su trabajo y ha llevado su empresa a buen fin. Pero, entonces, ¿Qué es lo que nos lleva a querer a tantos clicks que tienen a una persona detrás? ¿Nuestra vanidad? ¿El deseo de servir a los demás? ¿Ayudar a otros?
Reconozco que me encanta internet, me han ayudado los blogs de informática y los de cocina y  me han entretenido los de física o de ciencia que, incluso, los profanos pueden leer; sobre todo, me da una visión superficial de los temas que, si me interesan, puedo profundizar.
Pero sigo sin alcanzar a entender el interés de tener en una red social virtual cinco mil amigos.
 
Abimis 2
 
 
 

lunes, 6 de mayo de 2013

LÁGRIMAS EN EL TREN



Cuánto han llorado esos ojos,

bordeados por pétalos húmedos.

Párpados de lágrimas esparcidas

esconden el brote de otros sollozos.

 

Como tapas redondas

cubren los negros cristales

el color miel de los ojos invisibles.

 

Viaja la tristeza por vías distantes,

con pasos solitarios,  

y los ojos lloran caídos y ojerosos

al recordar  la alegría de antes.

 

Cuánto han mirado, confusos,

bóvedas, esculturas y arcos

de lugares lejanos.

 

Cuánto han buscado

manos de otros, unidas y amadas,

cegados por el desgarro,

sintiendo las suyas entramadas.

 

 

Como dos barcas perdidas,

de niebla rodeadas en agua ondulante,

entre mareas, la pena emana,

eterna,

como la muerte infinita.

 

 

Desapercibidos para el consuelo,

ahogan en un instante el llanto

al sentir el aliento del beso cercano.

Por fin se cierran los párpados,

reconocidos por los labios añorados.

 

 

Abimis 2

 

jueves, 25 de abril de 2013

FEMINISMO Y MACHISMO


 

Yo soy una mujer que ha valorado siempre el feminismo como movimiento. Agradezco el valor de esas mujeres que perdieron o sacrificaron sus vidas para reivindicar sus derechos, y con ellos, los de millones de mujeres que no los tenían.

 
Me ha escrito un amigo porque ha leído mi última entrada en el blog “La interiorización perniciosa” y, más o menos, me dice eso de “¡No me seas feminista! También se pisotean los derechos de los hombres”. Ya lo sé.
 

Pero, ahora, sólo estoy hablando de feminismo y machismo. Lo que no quiere decir que yo conozca a todas las mujeres del mundo, que además no haya mujeres llenas de poder, que lo ejerzan mal, que no existan mujeres que maltratan  a los hombres, que  se comporten injustamente, etc.

Somos más de la mitad de la población mundial, yo no digo que seamos mejores que los hombres. Sólo que, por algún motivo, los que ejercieron el poder en las distintas etapas de la historia de la humanidad manipularon e hicieron creer que las mujeres eran seres inferiores a los hombres y que eso se llama machismo y contra eso luchó el feminismo.  

El feminismo logró que muchas mujeres hoy seamos mucho más libres que hace un siglo, que votemos, que podamos elegir nuestro futuro sin que un hombre, o una mujer, nos diga cuál debe ser nuestro destino. 

No creo ser una de esas personas que diga algo como “amigos y amigas”, ni siquiera me llamo “abogada”, siempre he dicho abogado, ni voy por la vida llevando la teoría a una práctica radical. Soy bastante comedida. Tan comedida como feminista; si ser feminista es decir que una persona, por el hecho de ser mujer, no puede tener menores derechos que un hombre, por el hecho de ser hombre.

 


Ahora pensará alguien “Hoy en día eso no existe en una sociedad desarrollada”. Quizá. Yo creo que todavía sí.

Pero el machismo existió. Ello no significa que todos los hombres fueran machistas mientras el machismo existió. Hasta mayo de 1975, en España, la mujer no tenía los mismos derechos que un hombre y, sin embargo, mi padre no fue un machista porque mi madre ejercía su libertad. Pero lo real es que, hasta mayo de 1975, las mujeres tenían que tener autorización de padre o marido para firmar un talón, por ejemplo. Yo tenía 15 años entonces, y el amigo que me ha escrito creo que tiene más o menos mi edad, solo que él era chico y yo chica. 

Yo no le llamo machista a quien libremente quiere realizar una tarea pero, permítanme, me “mosquea” que “libremente” sea un 90% de mujeres las que  en los años 60, 50, y 40, y todavía hoy aunque el porcentaje ha variado afortunadamente, se quedaran en casa al “cuidado del marido y de hijos”. También es machismo cuando es él quien se queda en casa y, nosotras, mujeres, le miramos de reojo y le llamamos "mantenido".

De hecho, muchas veces somos las mujeres las que practicamos el machismo. Yo he oído a una señora  apuntarse a ese vil procedimiento de decirle a otra que, por ejemplo, es exigente con su trabajo, “a ti lo que te pasa es que estás amargada, tú lo que necesita es…” y en los puntos suspensivos aparece el mayor machismo.  

Hay machismo cuando sentimos que una mujer atractiva no puede estar sola, sin pareja, o que no esté casada. Es algo que hemos interiorizado de forma perniciosa: si eres fea puede ser bastante normal que te quedes soltera, si eres guapa… ¡Qué raro! ¿Será que nuestra atracción existe en función de los hombres que pelean por nosotras y “nos llevan al matrimonio”?

Ahora, es cierto,  hemos extendido razones igualmente fruto de nuestra imaginación a los hombres, ¡Pobre del que esté soltero a los 50! 

Cuando estudié derecho canónico, hace ya tiempo, se estudiaban los impedimentos eclesiásticos en relación al matrimonio, incluido el parentesco, pero había- qué casualidad- algunas dispensas que nuestro profesor, un jesuita moderno, nos relataba como algo gracioso, que todavía estaba en el Código aunque, obviamente, estaba obsoleto: Si una mujer era demasiado vieja, porque había cumplido veintiséis años, o era demasiado fea, se le concedía dispensa para casarse con su primo. La clase entera se reía con algo tan absurdo incluido el sacerdote pero… Quizá, hace un siglo, ¿No era cierto?

De cinco hermanos, tres son chicas y dos chicos, su madre nunca friega, lo hacen las hijas turnándose por días, nunca los hijos, y así durante años.

Una mujer sale a tomar una copa por la noche y siente un irrefrenable deseo sexual, se va con un señor. Es promiscua. Ocurre al revés. Tiene un gran éxito con las mujeres.

En una comunidad, veinte mujeres realizan el mismo trabajo que veinte hombres, pero ellas cobran menos.
 

Ellas no pueden votar, ellos sí.

Ellas no pueden firmar un talón o comprar sin el permiso de su padre o marido, ellos sí.  

Ellas no pueden ser obispos, ellos sí. 

El 99,99% de la foto del periódico donde están los Presidentes de Gobierno de… Europa, Asia, América… ¡Son mujeres! Perdón ¡Me he equivocado! 

Yo no deseo ni he querido nunca que la mujer sea igual al hombre. Tengo poco que ver con la forma natural de un hombre, física e incluso mentalmente, en algunas formas de actuación. Simplemente somos distintos.

 

Yo no reclamo la igualdad de hombres y mujeres, reclamo la igualdad de derechos para todas las personas, incluso para los que tienen distinto sexo.
Abimis 2
 
 
 

lunes, 22 de abril de 2013

INTERIORIZACIÓN PERNICIOSA


Formo parte de una generación en la que existía una dictadura cuando nació, había machismo, entendiendo por tal lo que dice el diccionario  “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres”, ausencia de libertad para expresarse, teníamos clases incluso de política y las chicas, de costura.

No hemos avanzado del mismo modo en todos los países y al mismo tiempo. Las personas siguen padeciendo restricciones a su forma de proyectar la vida porque alguien o algunos han decidido imponer esas limitaciones a la libertad. Habitualmente cuando algo nos parece chocante, como que una mujer sea lapidada por infidelidad, decimos eso de  “parece mentira que en pleno siglo XXI…”, la realidad es que imagino que alguien diría lo mismo  en pleno siglo XVIII.

Pero hoy he estado pensando en los dogmas que nos creemos y en los que no nos creemos. Y precisamente los que me irritan más son los que no nos creemos pero interiorizamos.

Es triste que una mujer considere que es menos libre que un hombre, o que un hombre crea que es menos que otro, eso ocurre en sociedades determinadas donde impera una forma de vida donde la mujer está discriminada y en las sociedades de castas.

Pero yo creo que es peor que en las sociedades que llamamos civilizadas, la sociedad occidental, las comunidades desarrolladas, interioricemos los comportamientos discriminatorios e injustos cuando además los sabemos discriminatorios o injustos.

Es cierto que cuando una mentira se repite muchas veces se logra lavar el cerebro. Por eso es tan importante  incentivar el libre pensamiento. Algunos de nosotros, hombres y mujeres, de cierta edad, ya sabemos que los dogmas que aprendimos son falsos, pero todavía se desperdicia el tiempo de las generaciones jóvenes porque no hemos logrado enseñarles la realidad de la vida, no les hemos guiado para que piensen libremente, quizá sea que nos da miedo o que hemos interiorizado los dogmas de tal forma que hasta educamos como lo hicieron nuestros padres con nosotros, hacemos lo mismo que vimos que hacían y repetimos actitudes, como nuestros padres y madres que también padecerían un lavado de cerebro en ciertos aspectos, sin la más mínima reflexión.

Con la democracia pasa lo mismo. Hay demócratas cuya personalidad contiene un sedimento de autoritarismo – que no de autoridad- que no pueden evitar, pero se creen demócratas. Me refiero a la interiorización, a algo que cala en nuestro carácter. Ejemplos que se me ocurren: El padre liberal o de izquierdas, en fin, de estos días, que le dice a su hija que regrese a tal hora a casa pero no impone tal obligación a su hijo, la madre progresista que espera casar a su hija con un buen partido, el presidente de una asociación de vecinos que se quita de un plumazo la petición de un asociado si no le gusta. Hoy no hablemos de políticos sino de algo más cotidiano, de los que no nos dedicamos a la política.

Mi experiencia más cercana a la antidemocracia es la de una Asociación famosa  en la que ha sido elegido un nuevo Presidente sin que yo, al menos, siendo socia, sepa cómo le han elegido.

Claro está que no todos somos iguales, cuando digo “nosotros”, me refiero a aquellos que nos hemos reeducado, los que hemos reflexionado sobre aquello que nos enseñaron, sobre lo que aprendimos y los que adoptamos una decisión, desechando lo inmaduro, equívoco, superficial o frívolo y nos hemos quedado con aquellos valores o principios que nos parecen necesarios por justos.

Y me parece necesario recalcar que si no llevamos a la práctica el resultado de esa reeducación, si seguimos repitiendo actitudes aún sin darnos cuenta de ello, no avanzamos.

Avanzar, para mí, significa ser mejor y vivir en una sociedad mejor y el problema de interiorizar algo sin darnos cuenta de ello es que podemos desperdiciar el tiempo, no sólo el nuestro, sino el de las generaciones futuras a las que no enseñamos lo que aprendimos.  Desperdiciar el tiempo es desperdiciar la vida y deberíamos tener cuidado con esa interiorización perniciosa que nos hace menos personas.

Abimis 2

 

sábado, 20 de abril de 2013

RESERVA PARA CENAR


Decidí que estas vacaciones de Semana Santa me iría a descansar, invitada, a la casa entrañable de M., en una de esas urbanizaciones en las que no hay una tienda. En estos lugares, dependes siempre de un coche y, como no conduzco, dependo de M., lo que no me importa nada porque tenemos ritmos biológicos parecidos, paseos, comer, siesta, paseo, cenar, dormir y, sobre todo, bastante charla. M. se mudó allí hace más de un año, abandonó el Madrid de su trabajo, amistades y familia para incorporarse a una vida  de naturaleza y a algunas aficiones que, hoy en día, la civilización ha llevado a zonas colindantes de muchas ciudades; golf, teatro para aficionados, spa,  contactar con las costumbres de varios extranjeros que han optado por ese sol español que te echa de casa a la calle...
En nuestras charlas yo le reconocía que había hecho bien. Marcharse. La mejor decisión que ella había podido tomar.

Sin embargo, yo me recreaba con  el cosmopolitismo de los residentes en una ciudad como Madrid, donde vivo, o más allá, un Londres, un París, un Nueva York, donde cualquier cosa que desees, ahí está -si tienes dinero, obviamente-, a tu disposición.Eso no quita, comentaba yo, para que la naturaleza, el aire fresco, la brisa marina sean deliciosas compañeras en unas vacaciones.
 


Ahí, tumbadas cada una en un sofá, al lado de la mesa donde levantábamos las faldas de la camilla para medio taparnos, con el calor que desprendía ese brasero en una casa donde las paredes todavía resentían el frío de un reciente invierno, mientras mordisqueábamos un turrón riquísimo que había quedado de la Navidad; yo, insistía, en que necesito de esa vida capitalina que me hace respirar, vestirme, salir, pasear por esos museos llenos de obras de arte, callejear por donde los escaparates te llevan los ojos, tomar el aperitivo donde nadie se asombra de que pidas un Campari aromatizado con una peladura de naranja con un ginger ale, o  un Punt E Mes, donde  cenas en un restaurante ubicado en una casa acristalada, con sofás y cojines que, por fin, están a la altura de la mesa…

En fin, que si alguien piensa que el campo es lo mejor, mi marido adoró la pastoril imagen de una yegua con un cencerro cantarín cuando, en una ocasión, nos fuimos a un hotelito rural. Hasta el tercer día. Fue una adoración transitoria, ambos habríamos cogido una escopeta para aislar ese cencerro furioso que sonaba día y noche.
Después de desperezarnos casi todas las tardes de esas prolongadas siestas, M. sugería ir a picar algo, nos montábamos en el coche y nos sentábamos en cualquier sitio a que nos diera el aire al aroma de los ajos fritos para el pescadito de la bahía.
Mi regreso a Madrid es como el de todos los que vuelven a su casa. Ah. Como en casa no se está en ningún sitio, ya puede ser humilde o destartalada, que tu casa es tu refugio, hasta los muebles se han adaptado a ti, no digamos ese sillón que ya tiene casi la forma de tu cuerpo. A escasos minutos del retorno ya se está acordando uno de lo bien que ha estado, lo que ha descansado, en fin, eso es vida, libertad sin reloj. La cotidianeidad empieza a medir los tiempos, pero vaya, ¿Ya son las… ? ¡Si no me ha dado tiempo a hacer nada!
Pasan los meses y M. aparece en Madrid porque se ha ido la chica de su tía. Bien. Es el momento de que se divierta un poco. Llamaré a algunas amigas e iremos a cenar a un lugar in. Pero hace tanto tiempo que no salgo que, primero, deberé saber los lugares de moda. Ummm. Mi hermano el mayor estará echando una cabezadita pero él es un sibarita gastrónomo. No me informará bien. Pasa de estos lugares de moda donde las formas superan con creces al contenido. Buscaré en internet ¿Para qué está google? Buena hora, las cuatro de la tarde para hacer una reserva en un viernes de crisis. La crisis. Hay que ceñir la búsqueda a restaurantes entre 25 y 35 euros.

He llamado a No, Donde Mónica, al Festín de Babette, Le Tulipe, el Jardín Brugal de Casa América… Más… Más… Las cinco y media y hay restaurantes completos, otros, directamente, me preguntan para cuántos, contesto que para cuatro, ah, no, no tenemos, entonces para qué me ha preguntado el número de comensales, es que solo nos queda una mesa para seis, ojalá se quede con la mesa para seis eternamente vacía, movistar le informa que no existe ninguna teléfono con esa numeración, ha contactado con Casa América, si quiere información de tal marque uno, si quiere contactar con cual marque dos.
Tiempo, me digo como los entrenadores de baloncesto.
Llamaré a un restaurante persa que no está de moda pero así M. conocerá otra gastronomía. Al otro lado del teléfono una voz femenina en un contestador, no podemos atenderle, deje su nombre para una reserva y contactaremos con usted. Cuelgo. Estoy agotada.
Llamo a M., quedemos en cualquier sitio.
Me acuerdo de mi cosmopolitismo y del pescadito de la bahía.
Abimis 2