Aquel día me costó levantarme. Como todos los días, hice
varios estiramientos con la intención de poner mi cuerpo en un movimiento
natural que ya suponía un esfuerzo sobrenatural. Al contrario del resto de los
días, en los que me gusta oír el silencio mientras tomo el café, el jueves
quise ver si habían programado alguna película interesante y decidí encender la
televisión. Una serie de anuncios, uno detrás de otro, empezó a mostrarme a
esos modelos de perfección propios de la publicidad y que, algunas personas, en
momentos de escasa lucidez mental, pueden considerar modelos a seguir.
No sólo son radiantes esas mujeres jóvenes que me dirigen
una perfecta sonrisa, van apareciendo
más, otras mujeres maduras en pantalla, pero también rutilantes, y cuando
cambio de canal, aparece un rostro femenino perfecto en un cuerpo divino que ha
ganado un concurso de belleza.
Ah, la belleza… ¡Qué poco merecida es y cuánto valor tiene!
Realmente no podremos ser más jóvenes con esa crema
milagrosa que nos promete una piedra filosofal que, para nada, existirá: ni la
vida eterna ni la eterna juventud.
Ya he cumplido años como para saber que lo que somos hay que
descubrirlo porque, a cierta edad, ya no hay belleza exterior de acuerdo con
los cánones de los anuncios.
¿Alguna vez alguien ha creído que las personas somos solo lo
que se ve de nosotras? Al menos mi buen amigo JL sí. “Esa bella imagen que
seduce con dulzura mientras esconde tímidamente el rostro, girándolo hacia la
izquierda y sonríe sin querer ser vista, alejándose lentamente con su larga
melena y su esbelto cuerpo…” Estoy copiando a JL el día en el que me describió
a la mujer de su vida.
He sentido desde muy joven la necesidad de la belleza, siempre
ha estado presente, no sólo en la publicidad sino en los comentarios. Creí que,
a cierta edad, las mujeres, sobre todo, se desharían de esa losa que implica
forzarse a ser bellas. Pero ahora es casi peor. Hay presentadoras en televisión
que nos dicen a las demás lo mucho que les gusta que nos cuidemos, jamás he
oído algo similar respecto a nuestros cerebros, imagínense “cuánto me agrada
saber que nos perfeccionamos por dentro”. Seguro que alguien preguntaría sin
ironía, ¿Qué es eso?
La vida se alarga, las relaciones de pareja son varias,
repetimos los intentos. Hay más oportunidades. Hay que seguir seduciendo a los
demás, es como venderse a uno mismo. Realmente, ahora hay casi una necesidad de
ser bella hasta los ochenta. ¡Qué horror! Basta con ver la realidad para
conformarse con llegar a esa edad respirando de forma independiente.
Decido dejar estas cosas mías, me refiero a este paseo de pensamientos
que me suele acosar cada mañana y, finalmente, cierro la puerta de casa para irme a trabajar.
Mientras espero en el autobús recuerdo a JL. “Chillaba,
gritaba como una loca, su cara se enrojecía, nunca la había visto tan fea, con
muecas retorcidas, supe que no la soportaba”. Copio lo que dijo JL el día en el
que me describió a quien creía era la mujer de su vida imponiéndole algo que
había olvidado.
Llega el autobús y, cuando me subo, me alegro de lograr un
asiento vacío en el que me acurruco. Empiezo a mirar la cara de todos los que
van en él y pienso, vaya, pues sí que somos feos. Me refiero a todos nosotros,
los hombres y las mujeres que vamos en el mismo autobús.
Nuestra estética está bastante alejada de los anuncios
televisivos. Hay pocos hombres bien vestidos, más bien adolescentes con esas
playeras de un color fosforito inspiradas en las de los futbolistas, los
auriculares se introducen en sus orejas o las tapan pero la música suena más
allá de sus oídos. Así me doy cuenta de la existencia de esas mujeres reales
que están a mi lado, no aspiran a ser modelos de delgadez con la piel
eternamente tersa, son jovencitas que van repasando en el autobús el contenido
del examen al que se someten justo unas horas después, algunas ancianas madrugadoras que se han
pintado los labios y se recogen en un buen abrigo con unos botines planos que
les permitirá caminar hacia el ambulatorio en busca de alguna receta necesaria,
la madre que lleva a los niños al colegio,
la niña de rasgos indígenas, de otras tierras, que se agarra a la barra,
sola, porque sus padres han tenido que salir pronto a trabajar y ya está
acostumbrada a ir al colegio sin más custodia que ella misma, señoras de
mediana edad que, ahora, pasean con seguridad su exceso de altura, o de caderas,
después de un ataque ansioso a la nevera y, entre todas ellas, también está la
preciosa rubia cuya melena cae en contraste con su vestido negro y a quien han contratado en el bar de debajo
de mi casa para poner copas con cierto
estilo, pero ahora no parece tan guapa, se la ve cansada y menos alta por la
ausencia de tacones.
Parece que la vida sigue igual y el mundo televisivo se me
antoja como un paisaje en el que no pretendemos pasear. ¡Hay mujeres en el planeta! Y están todas en
el autobús.
Abimis 2